
Ágata se internó pedaleando en las calles atestadas de gente. El día era desagradablemente caluroso, iba sumida en sus pensamientos y el peso de la mochila hizo el resto: se saltó un semáforo en rojo. Por el rabillo del ojo pudo apreciar una moto aproximándose a gran velocidad; paralizada por el miedo, se tapó los ojos. La moto frenó a escasos centímetros de su pierna, produciendo un estrepitoso chirrido.
Ágata se cayó de la bici y comenzó a sollozar. El motorista ,asustado, bajó de la máquina y la ayudó a ponerse en pie. Levantó la vista hacia aquel rostro que se inclinaba sobre ella, pero no pudo apreciar sus facciones debido a que llevaba puesto un casco.
Avergonzada, subió a su bici y comenzó a pedalear sin mirar atrás y si ni siquiera esbozar un simple “gracias”.
Cuando llegó a casa, dejó la bici en el jardín y subió por la enredadera hasta la ventana de su cuarto, entró con las manos aún temblorosas por el susto y el miedo.
Se sentó en su cama y poco a poco comenzó a relajarse. Al cabo de media hora decidió bajar a comer y ya tranquila salió de su cuarto en dirección al comedor.
Una vez allí, se sentó en una de las sillas y se sirvió la comida. El día ahora estaba nublado y gris: “habrá tormenta”-pensó.
Aunque aquel plato no le gustaba, se lo comió sin rechistar pues quería evitar cualquier enfrentamiento. Cuando terminó, dejó el plato en la mesa y se marchó sin pronunciar palabra, dejando estupefactos a sus padres.
Salió por la puerta de atrás en dirección al bosque. Por el camino iba recogiendo flores de todos los colores. Antes de llegar al desvío del pueblo, se adentró en el bosque. Los árboles formaban una frondosa capa que impedía ver el cielo. Había pájaros de todos los colores y tamaños. Siguió avanzando entre la maleza hasta llegar a un altísimo árbol. Sus ramas se extendían y mezclaban con la de los otros árboles. Con suma agilidad trepó por el árbol hasta llegar a una de sus ramas más altas. Desde allí podía divisar todo el valle y, aunque la tarde estaba nublada, el paisaje era espectacular. El sol que se filtraba tímidamente por las nubes, se reflejaba en el pequeño lago dándole una tonalidad brillante. A lo lejos una bandada de pájaros se dirigía hacia el Sur. Contemplando aquella maravillosa visión de la naturaleza, se sumió en un profundo sueño.
Cuando se despertó, la claridad del día había dado paso a una noche despejada en la que las nubes habían desaparecido. Por suerte, había Luna llena y todo estaba iluminado por su blanca luz.
Bajó del árbol, pero allí abajo, en el bosque, todo estaba oscuro. Se apoyó en el inmenso tronco y miró a su alrededor, no era capaz de distinguir nada. Un ruido sonó a su espalda, otro lo siguió.
Ágata echó a correr, había hecho ese camino mil veces, pero nunca a oscuras. Sus fuerzas comenzaban a mermar cuando llegó al camino; de la velocidad cayó al suelo y se arrastró hasta el otro lado del sendero. Ahora estaba en campo abierto y todo se encontraba iluminado.
De repente, una luz se acercó a gran velocidad por el camino.
Una moto frenó a escasos metros de Ágata. El motorista desmontó y se acercó despacio a ella, que seguía sentada en el suelo jadeando por el esfuerzo. Él se agachó y se sentó junto a Ágata. ¡Qué casualidad, era el mismo que casi la atropella! El muchacho se quitó el casco dejando al descubierto su rostro. Sus ojos eran azules y brillaban con la luz de la Luna.
Las miradas se encontraron, una tímida sonrisa asomó en los labios de Ágata. Él le acarició la cara apartándole el pelo cuidadosamente. Ella se ruborizó, dando gracias al cielo de que fuese de noche y no se le notase. Haciendo acopio de valor, Ágata le cogió de la mano. Los dos se adentraron en el bosque. Ahora ya no tenía miedo, iba de la mano de aquel muchacho al que ni siquiera conocía, pero le había hecho sentir “mariposas en el estómago”.
Juntos subieron al árbol y en la más alta de las más altas ramas se sentaron. Ágata le preguntó el nombre: Gabriel -qué nombre más bonito- pensó.
Gabriel le preguntó el suyo y se disculpó por el susto de la mañana.
De nuevo sus miradas se juntaron; poco a poco sus cabezas se acercaron.
Y allí, bajo la atenta mirada de la Luna y sus miles de testigos, las estrellas, sus labios se encontraron; en cuanto entraron en contacto un escalofrío les recorrió a ambos todo el cuerpo.
Los ojos de Ágata brillaban de emoción.
Tras el beso, ella se recostó entre los brazos de Gabriel.
Y en aquella noche los dos abrazados, descubrieron un nuevo sentimiento:
EL AMOR.
Abril Lorente