19.6.06

Oración de un niño el día de Reyes



Señor, esta noche no pido juguetes, ni ropa, ni comida, ni dinero.
Sólo pido una cosa: ser como cualquier televisor.
Que mi madre me busque cuando esté aburrida en vez de ignorarme.
Que mi padre esté conmigo al llegar del trabajo, aunque esté cansado y aburrido.
Que mis hermanos se peleen por estar conmigo y que les haga reír, aunque no les diga nada interesante.
Tener una habitación propia y reunir a todos mis familiares a mi alrededor.
Señor, no pido gran cosa, solo vivir lo que vive cualquier televisor.

Estefanía Hernández Catalán

El altar del tiempo



La ciudad: gritos, coches, humo ruido... Ajenos a todo esto, bajo tierra, los trenes surcan de una punta a otra la urbe. En uno de estos trenes viajaba Violeta, que volvía a casa después de una aburrida jornada académica. Iba sumida en sus pensamientos, cuando el tren se detuvo en la parada justo anterior a la que debía bajarse. Las puertas se abrieron, pasó un rato que le pareció interminable, pero las puertas no se cerraban y el tren no se ponía en marcha.
De pronto Violeta miró a su alrededor y con gran estupor, pudo comprobar que los ocupantes del vagón no se movían en absoluto, estaban paralizados, era como si el tiempo se hubiera detenido de repente y solo ella pudiera moverse. Salió al exterior y comprobó que todo había quedado paralizado como en una fotografía. Era de lo más irreal, los coches, la gente todo parecía petrificado.
Fue corriendo hasta su casa, pero no encontró a nadie, pues sus padres estaban trabajando. Al salir, le llamó la atención algo que vio en el suelo de color violeta, como su nombre, era un folleto en el que leyó:”Si de pronto se parase el tiempo, solo debes hacer una cosa, ir al reino de las sombras, subir a la torre oscura y colocar en el altar del tiempo tu más preciado amuleto, entonces sonará un “clic” señal de que el tiempo vuelve a contar para todos. Has de tener en cuenta que en la puerta de la torre te enfrentarás con una prueba, esta es un acertijo propuesto por una esfinge, si lo aciertas pasarás, de lo contrario morirás” Violeta siguió leyendo:”PD.: Para ir al país de las sombras solo tienes que desearlo”.
Sin pensarlo, corrió a su habitación y cogió el símbolo de su grupo de música favorito, entonces se concentró intensamente en el deseo de ir al reino de las sombras. Una sombra apareció a sus pies y se la tragó entera.
De pronto se encontró en un paraje árido y oscuro, a sus pies la tierra era negra y el cielo parecía de plomo, al fondo se divisaba una torre sombría, lóbrega, se acercó más a ella y pudo distinguir la esfinge, un escalofrío recorrió el cuerpo de Violeta, se aproximó hasta tenerla de frente y ella le propuso el acertijo:”¿Cuál fue el monte más grande de el reino de las sombras antes de descubrir el Kerstam?”. Afortunadamente Violeta se sabía el acertijo referido al Everest, de manera que contesto:”el Kerstam”. La esfinge asintió y le dejo paso, ella subió. En la estancia más alta de la torre, encontró un altar de piedra en el que dejó su amuleto, pero no sonó ningún “clic”. Violeta se desesperó pensando qué había salido mal, entonces buscó entre sus ropas algún otro amuleto, algo que de verdad tuviera para ella un valor especial, sin pensarlo se llevó la mano al cuello y allí estaba, era el colgante que su abuela le había regalado, se lo quitó y lo cambió por el otro en el altar. Ahora sí sonó el “clic” esperado.
Violeta deseó entonces intensamente volver a casa, la misma sombra apareció a sus pies absolviéndola. Apareció en su casa, miró el reloj y vio que funcionaba, suspiró aliviada, se recostó en el sofá y meditó sobre lo que verdaderamente tiene importancia, hasta que llegó su madre, se sentó a su lado y le preguntó que había hecho ese día y ella le contestó:”Nada que pudieras creer”.

Alejandro Viera López

El mar devora los sueños

La noche era fría y oscura. El viento les azotaba la cara y el agua se filtraba entre las maderas. La Luna iluminaba sus rostros demacrados por la larga travesía. Los niños lloraban entre los temblorosos brazos de sus madres.
Días atrás habían conseguido saltar la “gran verja”, algunos estaban heridos.
La patera se zarandeaba de un lado a otro, ninguno de ellos sabía nadar; si alguno caía al agua, no podrían hacer nada por él.
Aún así, tenían esperanzas, estaban contentos porque habían conseguido salir de sus países y ahora iban rumbo a uno donde se haría realidad la esperanza de una vida mejor.
En el caso de que no consiguiese pasar desapercibidos y los devolviesen a su país, tenían claro que lo volverían a intentar.
El mar se enfurecía cada vez más. La gente no sabía dónde agarrarse.
El miedo se reflejaba en sus caras, todos veían su sueño frustrado. Los más pequeños chillaban y lloraban.
Estaban a muchos kilómetros de la costa, nadie les salvaría.
Una sombra apareció a pocos metros de la embarcación.
De repente, una roca puntiaguda perforó el casco.
El agua entraba a borbotones y poco a poco la embarcación se hundía.
Gritos de terror desgarraron la noche. Las madres auparon a sus hijos a hombros.
Al fin, la patera se hundió: todos sus ocupantes se ahogaron.
Nunca nadie supo qué pasó allí.
Nadie reclamó los cadáveres y no quedó rastro alguno de la tragedia.


Abril Lorente

13.6.06

Alicia


Cuando todavía no había salido el sol, cuando el rocio de la mañana estaba aun por depositarse en las verdes hojas, Alicia se levantó de la cama. Era rubia, ojos como el cielo y piel suave como la de un melocotón, tenía quince años y era muy alegre, la gente decía que su sonrisa había algo especial.
Hoy era un día muy señalado, pues armada al fin de valor iba a hablar con el chico que le gustaba. Alicia no le conocía muy bien, no sabía su nombre ni donde vivía, ni siquiera si otra chica ocupaba su corazón. Sólo le conocía de verle en el parque antes de ir a clase, escondida entre los arbustos. Así que tan pronto como el primer finísimo rayo de luz entró por su ventana, se puso su mejor vestido, desayuno, se despidió de sus padres y se marchó.
Por el camino ensayo repetidas veces cómo conseguiría hablar con él. Sumida en estos pensamientos llegó al parque. Allí estaba. El corazón de Alicia quería salirse de su pecho, las piernas le temblaban como flanes, pero ya no podía echarse atrás. Decidida, pero nerviosa, caminó hacia él se atusó el vestido y le saludó. El chico, asombrado, pero complacido le preguntó si se conocían. Ella dijo que no, pero que iba a organizar una fiesta y quería que asistiera gente del barrio; dio dos besos y le dijo que se llamaba Alicia; el se presentó como David.
En toda la semana no pudo pensar en otra cosa que en David y en la fiesta. Por fin llegó el ansiado día. Alicia llevaba tres días preparándolo todo, la casa había quedado preciosa: sus ojos brillaban más que nunca y su sonrisa era radiante como el sol.
Fueron llegando sus amigas y amigos y sonó el timbre, Alicia abrió, era el. Quedó petrificada, no podía dejar de mirarle, sus ojos, su pelo, su espalda, su sonrisa todo en él le parecía bello. Estuvo toda la fiesta hablando y bailando con él y se hicieron muy amigos. De repente, el timbre sonó y Alicia fue a abrir; Era una chica muy guapa y, al parecer, unos años mayor que ella y bastante más alta. Preguntó por David y se presentó como su novia. Un escalofrío recorrió la espalda de Alicia, se puso blanca y sin poder apenas respirar, salio corriendo y llorando se sentó en el borde de la piscina. David la vio y fue tras ella, le preguntó que sucedía. Alicia no pudo ocultar y le confesó todo. David le contó que esa chica había sido su novia y le había hecho mucho daño; desde entonces nunca se había fijado en otra chica hasta que vio a Alicia. Ella le sonrió mientras una lágrima corría por su mejilla. El muchacho la beso y ella le correspondió con un abrazo. Quedaron allí abrazados con ganas de vivir siempre así, extendiendo esa felicidad para siempre.

Paula Calatrava Gorrón

La muñeca

Era una mañana de abril, las negras nubes ocupaban la mayor parte del cielo y un aire frío recorría las calles de la gran ciudad. Marieta estaba vistiéndose sentada en la cama, mirando por la ventana, al final de la calle descubrió una sombra, una misteriosa sombra gris, que no dejaba adivinar qué o quién era. Marieta, asustada, salió corriendo hacia la habitación de sus padres, que todavía dormían placidamente. Ella contó lo sucedido, pero ellos no le dieron mucha importancia, pensaron que serian fantasías propias de una niña de su edad.
Hoy era el cumpleaños de Marieta, cumplía 6 años y sus padres le habían preparado una fiesta sorpresa; habían llamado a todos sus amigos y amigas y le habían comprado una muñeca que llevaba meses pidiendo.
Aquella mañana, en el colegio, todo fue muy siniestro: Marieta veía sombras que hacían movimientos extraños y sentía que alguien cuando se daba la vuelta le tocaba levemente la espalda.
Cuando llegó a casa, llamó al timbre y ,al ver que no le abrían, sacó la llave del bolsillo; al abrir
la puerta, todo estaba oscuro, solo se oía el suave susurro del viento. De repente, una luz se encendió y aparecieron de detrás del sofá sus amigos y amigas, junto con sus padres.-¡¡SORPRESA!!-gritaron todos a coro, el extraño día le había hecho olvidar que era su cumpleaños. Todos sus amigos habían traído regalos, solo faltaba el de sus padres, el más esperado, el que llevaba ansiando tanto tiempo y que por fin iba a recibir. Fue desenvolviéndolo saco un gran caja con muchos colores; dentro había una muñeca, era preciosa, de fina porcelana, con labios rojos y mejillas sonrosadas, pero había algo en los ojos de la bella muñeca que la inquietaba. Aquella noche durmió con la muñeca y a mitad de la noche cuando la luna era llena, cuando la oscuridad reinaba sobre toda su habitación, Marieta se despertó y se advirtió que en su cama no estaba la muñeca. En medio la penumbra, vio una luz que la atraía, que casi le obligaba a ir hacia ella, una voz quebrada le susurraba "-ve hacia luz...-". Marieta estaba muy asustada, pero curiosa obedeció a la luz. Cuanto más se acercaba más sentía esa extraña presencia y su quebrada voz. Avanzó lentamente hasta darse cuenta de que la luz alumbraba
una pequeña silla, una silla de juguete donde estaba sentada su muñeca. Una sonrisa maléfica
se había formado en su suave cara y pronunciaba que Marieta no entendia.La pequeña niña salio corriendo e intento escapar, pero la puerta de su habitación estaba cerrada y por mucha fuerza que puso en sus intentos por abrir el puerta, no lo consiguió.A la mañana siguiente, los padres
de la Marieta fueron a despertarla y al comprobar que la puerta estaba trancada y no se podía abrir, llamaron rápidamente a un cerrajero. Al fin consiguieron entrar en la habitación y encontraron a Marieta tumbada en la cama, sudando, con los ojos abiertos, temblando y respirando a duras penas; había conseguido escapar de la muñeca y encerrarla en el armario.Sus padres inmediatamente la llevaron al hospital donde le dijeron que la pequeña Marieta había sufrido un ataque de ansiedad y que necesitaba mucho reposo.Cuando volvieron a casa, la niña les contó lo sucedido. Los padres cogieron la maléfica muñeca y convocaron una rueda de prensa para explicar a la ciudad lo que había sucedido, nadie les creyó. Pero al ver que sucedía los mismos casos en otras familias, todos los padres decidieron quemar las muñecas en una gran hoguera.
Pasados los años todo ha vuelto a la normalidad."Pero, cuidado, nunca se sabe si alguna muñeca conseguiría escapar..."

Paula Calatrava Gorrón

8.6.06

Los premios de un Blog moderado



Reino Palabras se ha presentado hace muy pocas fechas como un Blog moderado de creaciones literarias.
El Consejo Escolar del I.E.S. María de Molina de Madrid aprobó el 25 de abril de 2006 la concesión de premios para incentivar la creatividad y las facultades literarias de los alumnos.

  • Primer premio para el mejor trabajo en su conjunto
  • Premio especial a la calidad literaria
  • Premio especial al interés social del texto


    Al tratarse de un proyecto muy reciente, los criterios de admisión de los trabajos no han sido todavía definitivamente fijados. Por eso, con carácter cautelar y hasta que se hayan establecido estos límites, no todos los textos recibidos se han publicado.
    A veces, los trabajos no se han podido mostrar por simples problemas técnicos que se van a solucionar, en otros casos el contenido (aunque se trate de ficciones) ha aconsejado, de momento, la no inclusión de algunas creaciones.




Amor y Odio


¡Ring, ring! Suena el timbre la profesora de literatura entra en clase con aire de superioridad sobre sus alumnos; mira de reojo a Carla, la chica más popular del instituto llega a su mesa y comprueba que todo está en orden.
Carla saca de su mochila un espejo pequeño y se mira en él; contempla sus ojos de color azul cielo y cabello rubio con unos pequeños tirabuzones en la parte inferior.
Por la puerta entra Adrián quien se refleja también en el espejo de Carla; ella alarmada gira la cabeza para verle.
Sus miradas chocan, son profundas, una pequeña sonrisa asoma en la cara de Adrián, que se ha ruborizado, ella le devuelve la sonrisa, enseñando sus dientes blancos como la nieve.
Adrián avergonzado oculta sus dientes, pues lleva “braquets”.Y de nuevo, un día más, los compañeros se burlan de esa odiosa estructura metálica.
Carla al ver el comportamiento de sus compañeroas, cobardemente decide seguir aquella burla,
Aunque sólo quería besarle y no parar nunca.
Él se siente defraudado por el comportamiento de Carla pues aquella chica rubia y dulce le había provocado sentimientos que el nunca había experimentado. Recostado en la silla, observa a Carla con odio profundo. Ella se siente observada y le mira. Carla al ver aquella mirada baja la cabeza avergonzada.
Después de la interminable y aburrida exposición de la profesora, suena el timbre.
Carla le mira y decide hablar con él. Adrián, al verla, la rechaza dándole la espalda. Ella, al ver aquel gesto, decide despechada y herida en su orgullo no volver a hablarle y empieza a cuchichear con sus amigas. Pero a pesar de todo, los sentimientos de Adrián logran vencer su rencor y no deja de mirarla a hurtadillas por el ramillo del ojo y así durante tres semanas.
A la cuarta semana, Julia la mejor amiga de Carla decide hablar con Adrián de lo que siente Carla por él. Pero el se siente traicionado por todo lo que Carla le había hecho. Adrián le cuenta a Julia que no sentía nada por Carla, sino por ella.
Los dos se besan. Carla ve la escena y corre hacia el baño llorando de dolor. Julia se deshace del beso y la sigue hasta el baño, donde observa a su amiga llorando. Intenta disculparse diciendo que fue él quien le había besado. Pero Carla la aparta con el dolor y el odio reflejado en la cara, los ojos inundados de lagrima por una traición.
Adrián seguía boquiabierto, sentado, tras aquel beso inesperado de Julia. De vuelta a casa Carla se siente sola, pues el chico que amaba está con su mejor amiga; tirada en la cama, abrazada a su almohada, llora y recuerda la sonrisa de Adrián y el beso con su mejor amiga con él y rompe a llorar de nuevo.
De repente, Adrián entra en la habitación, y se encuentra con Carla allí tirada en la cama con el pelo revuelto y los ojos húmedos de tanto llorar. Adrián con una sonrisa tranquilizadora la mira y le pregunta”: ¿Por qué lloras?” Ella le mira y con cara de odio se deja caer de nuevo sobre la almohada.
Adrián le levanta la cabeza y con delicadeza le dice susurrándola al oído un suave”te quiero” ella cesa en su sollozo, mira sus labios finos; él la rodea por la cintura con una mano, con la otra le seca una lágrima y acercándose uno al otro se besan.


Ester Vílchez Martínez

El domador de felinos


En un pequeño pueblo del norte de España, había un modesto circo que buscaba un buen domador de felinos.
No encontraban a nadie que se atreviera con las fieras, así que decidieron irse a otro lugar. Cuando estaban a punto de desmontar la carpa, apareció un chico de unos quince años que solicitaba el puesto. El director del circo sabía que no tenía ninguna posibilidad, pero le hizo la prueba.
Le metieron en la jaula y le sacaron al más manso de todos los leones, pero sorprendentemente se hizo con la fiera. El muchacho le tocó y le acarició sin que le atacara. Entonces le soltaron sucesivamente a todas las fieras y terminaron por rendirse ante él.
Muy sorprendido, el director del circo metió en la jaula un cachorro de gato y, con gran sorpresa, el chico empezó a temblar y a sudar. El gatito iba andando despacio hacia él, que iba retrocediendo hasta que quedó arrinconado. Era increíble, le daban miedo los gatitos y no temía enfrentarse con tigres y leones de más de quinientos kilos de peso y un metro de envergadura.
A pesar de todo, le contrataron y, en el primer pase, se encontraba un poco tenso y nervioso, realizó una gran actuación. El circo empezó a ganar fama y en unos pocos días vendieron todas las entradas.
Cuando terminaban las actuaciones, el muchacho ampliaba su horario para dedicar más tiempo a los animales. Había una tigresa que estaba preñada y llego el día del parto. Se quedó toda la noche con ella, esperando la llegada de los cachorros. Y a eso de media noche la hembra dio a luz.
Pero estaba muy triste, porque no quería que los animales estuvieran cautivos en el circo enjaulados. Esperó unos meses a que los cachorros crecieran un poco y cuando tuvieron edad suficiente los cogió y se los llevó a un lugar donde todavía nadie los ha encontrado. Así todos pudieron vivir en libertad y nunca más se supo del chico ni de los felinos. Incluso aquellos gatitos que no tenían por que estar en jaulas.



Francisco José Carmona Martínez

El video secreto de la escuela




Eran las doce de la noche, el calor parecía derretir la ciudad. Marta, una chica de trece años, vivía en una pequeña urbanización en casa de sus abuelos.
Su habitación era oscura. En las paredes se adivinaba rajas y en la esquina había un armario. En una de sus puertas había un espejo. Ella reflejo su rostro en él, pero Marta no era la que estaba reflejada en el espejo, sino su madre, que había fallecido hacía cinco años en un accidente de tráfico.
Asustada creyendo que su madre estaba detrás, miró ansiosa dentro del armario, pero allí no había nada.
Dejo el espejo en la mesa y se acostó.
Por la mañana se puso a llover y a tronar.
Yendo al colegio presintió que iba a suceder alguna desgracia. Cuando llega a clase, cogió los libros de educación física y se dirigió al patio a jugar al fútbol. Y en el fragor del juego, la pelota se coló fuera del patio.
Beatriz saltó la valla y salió corriendo detrás de la pelota; llago a la carretera y un coche que circulaba a toda velocidad atropelló a la muchacha.
Marta miró al taxista y también dirigió la mirada hacia la matricula del coche.
Al día siguiente, Marta entró en la sala de profesores para buscar información sobre ese taxi, pero de repente vio una cinta de vídeo en la que había escrito “La muerte de Miriam” Se asusto, pues ”Miriam” era su madre.
Temblorosa cogió la cinta, la introduzco en el reproductor de video y vio que el taxi que había matado a su madre era el mismo que mato a Beatriz.
Marta, asustada, salió corriendo de la sala de profesores en dirección a su casa. Por el camino se topó con el funesto taxi, que casi la atropella, pero no la alcanzó por unos cuantos centímetros. Entró en su casa y abrazo con fuerza a sus abuelos y les dijo que tenían mucho miedo.
Al final Marta despertó y vio que todo había sido un sueño.

Ana Pérez López

6.6.06

El vertedero



Eran las siete de la madrugada. José salía de su casa para ir al trabajo cuando vio que la basura aun seguía en la acera. ``que extraño, el basurero siempre pasa a las seis ´´ - pensó José. Pero no le dio importancia y siguió andando hacia su trabajo. Al siguiente día, también la basura en la calle. ``estarán de huelga ´´- pensó, José. Y al siguiente día lo mismo. Pero al cuarto día José enojado decidió llamar a las autoridades, de quienes obtuvo por respuesta que no sabían nada y lo investigarían. El siguió levantándose a la misma hora, cogiendo el coche en el mismo lugar pero lo que era distinto era el volumen de la basura, que iba adquiriendo dimensiones exageradas. Lo entraño era que la gente que le rodeaba no se percataba de ello a pesar del mal olor que desprendía.
Cansado, decidió ir personalmente al vertedero que estaba a las afueras de la ciudad y tal fue su sorpresa al llegar, que se quedó inmóvil al ver que no existía movimiento de trabajo y lo más extraño ¡no había basura!
Cogió el coche y volvió a la ciudad. Conforme iba acercándose a ella, más escalofríos le entraba, en el cuerpo: ningún vehículo en marcha, nadie en las calles, el ruido de la ciudad había desaparecido, en el cielo ningún pájaro. Paró el coche, miró a su alrededor y pudo comprobar que la basura había destruido al ser humano y al medio ambiente.

Víctor Manuel Torresano Rico

3.6.06

Noche mágica en Venecia




Era Carnaval en Venecia. Todos iban deslumbrantes aquella noche de suaves brisas.

Entre la multitud estaba Valeria, una hermosa joven de ojos verdes, pelo negro y labios carnosos y rojos. Su máscara era sencilla y elegante, su vestido era azul.
Cuando dieron comienzo los bailes, Valeria permaneció en un rincón esperando a que alguien le sacara a bailar. Fue Enzo, un muchacho alto, de ojos color miel y pelo castaño el que preguntó:
-¿Le permitís a este pobre servidor bailar con una joven tan bella?-Ella asintió con la cabeza.
Sus cuerpos se movían al ritmo de la música. Valeria que no había pronunciado palabra, apoyó su cabeza en el hombro de Enzo y preguntó:
-¿Cómo os llamáis?
-Enzo,¿y vos?
-Mi nombre es Valeria.
-Valeria, ven conmigo, quiero ver vuestro rostro – Y cogiéndola del brazo, escaparon corriendo a una calle estrecha y oscura. Enzo le quitó suavemente la máscara diciendo:
-Nunca había visto una muchacha tan bella – le susurró al oído.
Ahora es mi turno – cuando Valeria contempló el rostro de Enzo se miraron fijamente a los ojos y tras un movimiento de cabezas se besaron apasionadamente con la atenta mirada de la Luna.

De pronto, Valeria se apartó bruscamente de Enzo mientras una lágrima caía de sus verdes ojos.
-¡No puedo, estoy comprometida! Pero yo no amo a ese hombre.- dijo entre sollozos.
-No importa. Nos iremos lejos de aquí, ahora.
Mientras la gente bailaba y reía con sus coloridas máscaras. Los jóvenes fueron en busca de dinero y una góndola que les llevaría lejos de Venecia. Antes de escapar Valeria le dijo a Enzo:
-No estoy segura de hacer esto, ha sido todo tan rápido…
-¿Acaso no me amas?
-Sí, sí que te amo.
-Valeria te prometo que si te vienes conmigo serás más feliz que quedándote aquí – y tras pronunciar estas palabras se encaminaron a una vida llena de amor, escapando por las tranquilas aguas de Venecia.

Mayra de Vooght

Cuando anochece

Aquella noche de mayo hacia mucho calor en el jardín, como de costumbre. Peter estaba tumbado en el césped de su casa cuando, de repente, un escalofrió le recorrió todo el cuerpo. Tuvo la sensación de que alguien le estuviera espiando. Peter se levanto de un salto y empezó a mirar en todas las direcciones pero allí no había nadie. Peter cogió su MP3, se volvió a tumbar, se puso su canción preferida y se relajo. Pero de nuevo le invadió el mismo escalofrió. Esta vez Peter no lo dudo, se levantó y se fue a su casa. Cuando entró por la puerta, lo primero que hizo fue mirar por la ventana, pero ahora vio algo que le dejó helado.
Al cabo de media hora, llegó su madre su madre se encontró a Peter mirando por la ventana, sin parpadear. ¿Quieres cenar hijo? – le pregunto. No – respondio Peter muy serio. Cuando se fue su madre Peter se dio la vuelta y se tumbó en la cama pensando en lo que había visto hace cinco minutos antes de que llegara su madre. Eran unos ojos como inyectados en sangre, unas orejas puntiagudas y una boca con unos colmillos enormemente afilados, pero lo extraño es que no había visto su cuerpo.
Peter se armo de valor, se levantó de su cama y salió de su casa en busca a aquel espectro que estaba fuera. Salió y empezó a buscar, cuando llegó a la piscina municipal se le ocurrió mirar dentro del agua, se asomó y ahí estaba el terrorífico rostro que había visto por la ventana. Metió la mano en el agua y desapareció; la sacó y volvió a aparecer, Peter volvió a meter la mano y otra vez desapareció. Será mi imaginación-pensó Peter. Se levantó y se fue a su casa. Cuando entró, eran las diez de la noche algo le empezó a pasar a Peter, era como si se estuviera convirtiendo en un monstruo, pero, de repente, ese dolor paró, fue como un estallido que sin motivo desapareció.
Por la mañana, Peter salió de su casa temprano para dar un paseo y se encontró con Lucía la vecina del chalet de al lado, estaba pasando a su perro. Peter, muy tímido, mientras paseaba comenzó a contarle lo que le había pasado. Lucía se quedo muy callada y paralizada, pues justamente a ella le había pasado lo mismo. Echaron a correr, pues solo a ellos dos les había ocurrido el extraño fenómeno “ nos estamos volviendo locos “- dijo Lucia en voz alta cuando llegaron a casa de Peter. Se hizo de noche y sucedió lo mismo, las misma convulsiones, los mismos síntomas, pero ahora les había poseído el ansia de destruir y de matar. “es el diablo” – aseguró Peter con voz ronca. Salieron de casa y todo lo que había a su paso lo destruían, incluso a las personas. Todo el barrio se asemejaba a un cuadro de sangre, muerte y destrucción.
Por la mañana aparecieron sentados en un banco como si nada hubiera pasado. Se levantaron y observaron su alrededor: Todo estaba destruido. Se miraron a los ojos y decidieron que tenían que para esto; llegaron a la conclusión que debían morir. Subieron al ático dispuesto a tirarse cuando algo les detuvo y les cogia por atrás era la madre de Peter, pero no en su apariencia normal: había adoptado la forma diabólica. “no os tireís “– susurro – “debéis seguir con nosotros.

Víctor Manuel Torresano Rico


Ágata

Ágata se internó pedaleando en las calles atestadas de gente. El día era desagradablemente caluroso, iba sumida en sus pensamientos y el peso de la mochila hizo el resto: se saltó un semáforo en rojo. Por el rabillo del ojo pudo apreciar una moto aproximándose a gran velocidad; paralizada por el miedo, se tapó los ojos. La moto frenó a escasos centímetros de su pierna, produciendo un estrepitoso chirrido.
Ágata se cayó de la bici y comenzó a sollozar. El motorista ,asustado, bajó de la máquina y la ayudó a ponerse en pie. Levantó la vista hacia aquel rostro que se inclinaba sobre ella, pero no pudo apreciar sus facciones debido a que llevaba puesto un casco.
Avergonzada, subió a su bici y comenzó a pedalear sin mirar atrás y si ni siquiera esbozar un simple “gracias”.
Cuando llegó a casa, dejó la bici en el jardín y subió por la enredadera hasta la ventana de su cuarto, entró con las manos aún temblorosas por el susto y el miedo.
Se sentó en su cama y poco a poco comenzó a relajarse. Al cabo de media hora decidió bajar a comer y ya tranquila salió de su cuarto en dirección al comedor.
Una vez allí, se sentó en una de las sillas y se sirvió la comida. El día ahora estaba nublado y gris: “habrá tormenta”-pensó.
Aunque aquel plato no le gustaba, se lo comió sin rechistar pues quería evitar cualquier enfrentamiento. Cuando terminó, dejó el plato en la mesa y se marchó sin pronunciar palabra, dejando estupefactos a sus padres.
Salió por la puerta de atrás en dirección al bosque. Por el camino iba recogiendo flores de todos los colores. Antes de llegar al desvío del pueblo, se adentró en el bosque. Los árboles formaban una frondosa capa que impedía ver el cielo. Había pájaros de todos los colores y tamaños. Siguió avanzando entre la maleza hasta llegar a un altísimo árbol. Sus ramas se extendían y mezclaban con la de los otros árboles. Con suma agilidad trepó por el árbol hasta llegar a una de sus ramas más altas. Desde allí podía divisar todo el valle y, aunque la tarde estaba nublada, el paisaje era espectacular. El sol que se filtraba tímidamente por las nubes, se reflejaba en el pequeño lago dándole una tonalidad brillante. A lo lejos una bandada de pájaros se dirigía hacia el Sur. Contemplando aquella maravillosa visión de la naturaleza, se sumió en un profundo sueño.





Cuando se despertó, la claridad del día había dado paso a una noche despejada en la que las nubes habían desaparecido. Por suerte, había Luna llena y todo estaba iluminado por su blanca luz.
Bajó del árbol, pero allí abajo, en el bosque, todo estaba oscuro. Se apoyó en el inmenso tronco y miró a su alrededor, no era capaz de distinguir nada. Un ruido sonó a su espalda, otro lo siguió.
Ágata echó a correr, había hecho ese camino mil veces, pero nunca a oscuras. Sus fuerzas comenzaban a mermar cuando llegó al camino; de la velocidad cayó al suelo y se arrastró hasta el otro lado del sendero. Ahora estaba en campo abierto y todo se encontraba iluminado.
De repente, una luz se acercó a gran velocidad por el camino.
Una moto frenó a escasos metros de Ágata. El motorista desmontó y se acercó despacio a ella, que seguía sentada en el suelo jadeando por el esfuerzo. Él se agachó y se sentó junto a Ágata. ¡Qué casualidad, era el mismo que casi la atropella! El muchacho se quitó el casco dejando al descubierto su rostro. Sus ojos eran azules y brillaban con la luz de la Luna.
Las miradas se encontraron, una tímida sonrisa asomó en los labios de Ágata. Él le acarició la cara apartándole el pelo cuidadosamente. Ella se ruborizó, dando gracias al cielo de que fuese de noche y no se le notase. Haciendo acopio de valor, Ágata le cogió de la mano. Los dos se adentraron en el bosque. Ahora ya no tenía miedo, iba de la mano de aquel muchacho al que ni siquiera conocía, pero le había hecho sentir “mariposas en el estómago”.
Juntos subieron al árbol y en la más alta de las más altas ramas se sentaron. Ágata le preguntó el nombre: Gabriel -qué nombre más bonito- pensó.
Gabriel le preguntó el suyo y se disculpó por el susto de la mañana.
De nuevo sus miradas se juntaron; poco a poco sus cabezas se acercaron.
Y allí, bajo la atenta mirada de la Luna y sus miles de testigos, las estrellas, sus labios se encontraron; en cuanto entraron en contacto un escalofrío les recorrió a ambos todo el cuerpo.
Los ojos de Ágata brillaban de emoción.
Tras el beso, ella se recostó entre los brazos de Gabriel.
Y en aquella noche los dos abrazados, descubrieron un nuevo sentimiento:
EL AMOR.



Abril Lorente

Los anillos embrujados



Era San Valentín, los vendedores de flores se sucedían a cada paso por las calles de Madrid; las pastelerías no daban abasto con los bombones y los mensajes de amor de los teléfonos móviles surcaban los cielos en multitud de ondas herziónicas. Un joven observaba escaparates ante al tropel de transeúntes que recorrían las calles; tenía la intención de comprar un regalo a su amada. Iba caminando cuando algo capto su atención, un letrero de un escaparate que anunciaba unos anillos de enamorados. Entró en la tienda informaron de que eran unos anillos con un supuesto poder mágico. El anillo con el brillante rojo era para la chica y el del brillante apara el chico. Así que sin dar mucho crédito al vendedor, decidió comprarlos.
Aquel día quedaron los dos jóvenes enamorados; él sacó los anillos y le dio el rojo a la muchacha y se los pusieron a la vez, tal como le habían indicado en la tienda.
Dos días después, la chica decidió quitarse el anillo porque le aprisionaba el dedo, pero al moverlo el chico se convulsionó y profirió un grito de dolor por lo que ella lo dejo donde estaba. Aquellos anillos estaban embrujados de tal manera que si el opuesto se desprendía de su correspondiente mano hacía que el que lo llevara moría. El chico, ya recuperado, se dirigió a la tienda con la intención de reclamar al dueño, pero el establecimiento estaba cerrado.
Los jóvenes cada vez se encontraban con menos fuerzas ya que, al parecer, los anillos consumían lentamente la vida de las personas.
Un día que los chicos tan mal, que apenas les quedaban fuerzas, él le dijo a ella que le besara que le abrazara, le suplico que le dijera que le quería, ella complació sus peticiones. El muchacho, acto seguido, buscó la mano de la chica, la besó, la acarició y sin dar tiempo a reaccionar, le quitó el anillo. Un intenso dolor se apoderó del chico y sin darle tiempo a gritar murió.

Alejandro Viera