Sin Palabras
Tenía ya todo sincronizado, sabía a qué hora ella se sentaba en su clase. El observarla hacía que una corriente de satisfacción y alegría le recorriera el cuerpo: estaba locamente enamorado de ella. Se sentaba a las 9:00 de la mañana y siempre llegaba a clase tarde, pero le daba lo mismo ya que recuperaba el tiempo perdido con ayuda de sus compañeros.Esa mañana no asistió ha primera hora porque se entretuvo mirándola: era hermosa, tendría unos quince años, la melena larga, siempre suelta, de pelo liso, bien cuidado y brillante. E soñaba e imaginaba que acariciar durante horas su cabello, pero siempre le quedaba en sueños. Era tímido, no veía la oportunidad de poder entablar conversación con ella. Verla por la ventana del instituto empezaba ser una costumbre para él.
Tenía algún amigo que solía salir con su grupo: podía haber tenido la oportunidad de charlar con ella, cara a cara, contemplar su sonrisa y disfrutar de su mirada. Pero algo le empujaba a echarse para atrás por miedo a que la gente que le rodeaba lo notara incluso que ella notara su nerviosismo o le subiera la adrenalina: sentirse sonrojado le resultaba vergonzoso.
Un día, al salir de casa, la vio sentada en su banco. Sintió un nudo en el estómago que le hizo pararse en seco, cara a cara, frente a frente, no entendía por que su cuerpo no se movía, solo la observaba. En ese momento ella levantó los ojos hacía él; se aguantaron la mirada durante unos segundos que parecieron minutos, hasta que ella sonrió. Azorado, sólo acertó a esbozar una mueca parecida a una sonrisa; ella hizo un movimiento con la mano para que él se acercara y le hizo caso. Se sentó a su lado, no entendía nada, pero no podía dejar de pensar el lo maravilloso que era estar cerca de ella, sentir su respiración…ella le dijo que le conocía y que le llevaba observando todos los días. Cuando furtivamente la miraba por la ventana. Le dijo que esa timidez y esa constancia la gustaba y que por eso se situaba cerca de la ventana, para sentir cómo sus ojos la observaban. Le confesó que poco a poco quedó atrapada en ese juego, hasta el punto de no poder de dejar de practicarlo todos los días: presa y cazador enamorado. Finalmente, le cogió la mano, acerco sus labios a los labios temblorosos de él, después de susurrarle con dulzura que cada una de aquellas infinitas miradas fue una pequeña declaración de amor, una declaración de amor sin palabras.
Tenía algún amigo que solía salir con su grupo: podía haber tenido la oportunidad de charlar con ella, cara a cara, contemplar su sonrisa y disfrutar de su mirada. Pero algo le empujaba a echarse para atrás por miedo a que la gente que le rodeaba lo notara incluso que ella notara su nerviosismo o le subiera la adrenalina: sentirse sonrojado le resultaba vergonzoso.
Un día, al salir de casa, la vio sentada en su banco. Sintió un nudo en el estómago que le hizo pararse en seco, cara a cara, frente a frente, no entendía por que su cuerpo no se movía, solo la observaba. En ese momento ella levantó los ojos hacía él; se aguantaron la mirada durante unos segundos que parecieron minutos, hasta que ella sonrió. Azorado, sólo acertó a esbozar una mueca parecida a una sonrisa; ella hizo un movimiento con la mano para que él se acercara y le hizo caso. Se sentó a su lado, no entendía nada, pero no podía dejar de pensar el lo maravilloso que era estar cerca de ella, sentir su respiración…ella le dijo que le conocía y que le llevaba observando todos los días. Cuando furtivamente la miraba por la ventana. Le dijo que esa timidez y esa constancia la gustaba y que por eso se situaba cerca de la ventana, para sentir cómo sus ojos la observaban. Le confesó que poco a poco quedó atrapada en ese juego, hasta el punto de no poder de dejar de practicarlo todos los días: presa y cazador enamorado. Finalmente, le cogió la mano, acerco sus labios a los labios temblorosos de él, después de susurrarle con dulzura que cada una de aquellas infinitas miradas fue una pequeña declaración de amor, una declaración de amor sin palabras.
Tamara Colotto Guillén.



