19.4.08

El hombre sin historias



A veces, nos trasladamos a los territorios de la ilusión.
Había un joven que se llamaba Isidro. Cortaba cañas y hacía cestos en su pequeño pueblo. Un mal año, las cañas escasearon por la zona. Las únicas cañas aquel año, se encontraban en un gran valle cercano a una gran ciudad.
Isidro se decidió. Le pidió a su esposa que le preparara provisiones y partió hacia la ciudad. Al poco de llegar al valle cortó un haz de cañas pero, cuando estaba a punto de atarlas, una neblina cayó a su alrededor. Isidro decidió esperar. Se sentó y comió sus alimentos. La oscuridad se hizo a su alrededor.
Asustado, se levantó: miró hacia el Este, miró hacia el Oeste y vio una luz. Caminó hacia ella y vio una casa grande que sobresalía entre otras muchas. Isidro asomó la cabeza por la puerta y en su interior vio a un anciano y a una anciana, los dos sentados. Lo saludaron llamándole por su nombre.
Pasado un rato, el anciano, le dijo:
-Cuéntanos una historia.
-No puedo-contestó Isidro-provengo de un pequeño pueblo donde suceden pocas cosas. Nunca he contado una historia.
-¿No sabes ninguna historia?
-Ninguna.
-Ve y saca agua del pozo-dijo el anciano-Haz algo útil.
Cogió el cubo, y lo dejó en el borde del pozo. En ese momento un golpe de viento levantó a Isidro. Fue llevado de Este a Oeste y cuando calló de nuevo al suelo, no pudo ver ni el pozo ni el cubo.
En este momento, Isidro vio otra casa, más grande que la anterior, en la que se realizaban los preparativos para una boda. Había mucha gente vestida con sus mejores galas, haciendo círculos por los distintos salones y daban la impresión como si le esperaran.
Isidro se colocó a un lado; pero un momento más tarde, un hombre corpulento se levantó y dijo:
-Esta celebración parece triste. Tendríamos que ir a buscar un músico, un violinista para que bailemos con alegría.
-¡Ah! Dijo una muchacha. No hace falta ir a buscar un violinista porque hoy tenemos aquí el mejor. Es él, es Isidro.
-¡No puedo! Nunca he tocado el violín. Aquí en la ciudad habrá grandes músicos, yo soy un simple artesano. No se nada de música.
-No me dejes por mentirosa-dijo-Eres el violinista que nos hace falta. Lo se.
De repente Isidro sostenía en sus manos un violín y tocaba tan bien que todos bailaban alegres.
El hombre corpulento detuvo el baile y dijo:
-Ahora hay que ir un sacerdote para oficiar la misa.
-¡Ah!-volvió a decir la muchacha. No hay necesidad de ir a buscar a un sacerdote, porque aquí tenemos al mejor sacerdote del país. Es él, es Isidro.
-¡Yo no tengo nada de sacerdote!-gritó Isidro-Llegué a este valle que rodea esta gran ciudad para recoger cañas y continuar con mi oficio de hacer cestos. Aquí en la ciudad, con tantas iglesias, conventos y monasterios habrá sacerdotes a cientos.
-Venga, venga-dijo ella-lo harás tan bien como un cardenal.
De repente Isidro estaba de pie frente al altar, con dos monaguillos a su lado, y llevando las ropas sacerdotales.
Celebró la misa y recitó palabras sabias que hicieron las delicias de novios, familiares y amigos. Todos los asistentes afirmaron que nunca habían asistido a una ceremonia igual.
En aquel momento, la novia sufrió un ataque de apendicitis, lo que hacía peligrar el banquete de bodas.
-Es necesario-dijo el hombre grandullón-ir a buscar a un médico para que opere de apendicitis a la novia.
-¡Ah!-dijo la muchacha-No se necesita porque hoy tenemos aquí al mejor ciudadano que puede haber en la ciudad. Es él, es Isidro.
-¡Si hay algo que no he hecho nunca en mi vida-aseguró Isidro-es ejercer la medicina! ¡Si ni siquiera la he estudiado! Aquí en la ciudad hay grandes hospitales, centros de investigación médica, incluso varias universidades de medicina.
-Venga, hombre, lo harás muy bien, como todo lo anterior.
De repente tuvo en sus manos el bisturí e Isidro abrió el vientre de la novia quedando ésta lista para continuar con los festejos de la boda.
Estando cantando y bailando todos los asistentes e Isidro escuchando alabanzas sobre las ventajas de vivir en la ciudad volvió a producirse en el jardín un brutal golpe de viento que se llevó a Isidro por los aires.
Fue llevado hacia el Este, hacia el Oeste, y cuando calló al suelo, se encontraba cerca del pozo.
Cogió el cubo y volvió a la casa. Allí encontró a los ancianos acompañados de un oso y un madroño. El animal, se lo habían regalado los miembros de un circo que dejaban la ciudad, ya que otros espectáculos les hacían la competencia y el madroño, explicaron a Isidro lo había dejado allí un ecologista escrupuloso para que diera algo de sombra y frescor al oso.
-Y bien-le dijo la anciana-¿Sigues siendo incapaz de contarnos una historia?


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