19.4.08




Hacía mucho que no llovía. Me gustaba que lloviese. Me encantaba sentir la lluvia en mi cara y en mis manos. Pero era imposible salir de la clase, salir a la calle, quitarse el abrigo y ser ... y que ser,
¿Acaso libre?
Sería eso acaso la libertad, dudaba bastante de aquello y de lo que mi cuerpo podía percibir en este momento. Hacía frío y el sol estaba de huelga contra la contaminación que todo lo cubría ya. Necesitaba sol.
La verdad que escuchaba a la profesora como un murmullo indescriptible. No paraba de hablar. ¿Hablar de quién? No sabía nada en realidad de nuestro mundo, aun así seguía recitando todo su saber ante, ante nada. No éramos nada y yo era menos que eso ya. Ojalá volviera a llover pronto. La próxima vez saldría a la calle, me quitaría el abrigo y sería... sonó el timbre. Sonó desgarrando un murmullo ya constante y perteneciente al silencio de las aulas. El silencio no existía, era impensable, más sabiendo que ya era la hora, la hora de escapar de aquella cárcel de libros inexplicables, que nos contaban de todo y no nos decían nada. Que hablaban de mundos que no existían, de lugares inalcanzables, de números infinitos y de nada que nos diera algo, algo que fuera nuestro en realidad.
Demasiados libros que colgaban de mi espalda. Eran las aulas cárceles, los profesores guardias y las mochilas las bolas, que nos mantenían unidos al suelo.

El viento golpeaba la cara, el cuerpo y el alma. Era un viento que luchaba contra todo, era un viento que intentaba barrer lo malo y nosotros estábamos dentro. Me pareció una conocida mano golpeándonos hacia atrás para que no mancháramos el mundo a nuestro paso.
-¿Que te pasa perra?
Miré atrás. Intentaba encenderse un cigarro pero el viento apagaba la mecha mucho antes de que se encendiera el mechero. Su pelo negro se mezclaba con el viento dándolo forma.
-Joder, fumando desde los trece y que aún no sepas encender un puto piti.
-El puto viento de los cojones que no deja de dar por culo. Vayamos a un portal.
-Al mío, que la mochila me está matando la espalda.

El cielo seguía gris y estaba lleno de agua, a rebosar, Dios porque no llovía, porque era tan difícil que lloviera en la capital. Con un empujón abrí la puerta, la cerradura estaba estropeada desde hacía tiempo, pero a nadie pareció importarle mucho. Simplemente era más cómodo abrir con un empujón que sacar las llaves.
-No tardo.
-Voy llamando a estos. Píllate pelas.
Antes de desaparecer por las escaleras, me volví a verla. Había conseguido encender su cigarro y lo fumaba nerviosamente mientras marcaba el número. Sus delgados brazos no eran más que la sombra que se reflejaba de su vida. Vida como la de todos aquí ya, más que vida, pues no contaba como ella, era una sobrevida, una vida paralela a la nuestra. Un refugio para protegernos de nosotros mismos. Al llegar a mi casa, aún pude oír sus gritos por el móvil y su risa nerviosa. Pude oler el humo de su cigarro subiendo por la escalera como una sutil niebla mortífera.

Cerré la puerta tras de mí. Una amplia penumbra lo cubría todo, sólo se escuchaba la radio sonar mal sincroniza del vecino. No había nadie, nunca había nadie. Tiré la mochila contra la pared y me apoyé sobre ella. Estaba cansada. No podía verme las ojeras pero las sentía pesarme en los ojos. Solo quería dormir.
En la pared del frente del salón se veía la foto familiar de cuándo éramos pequeños. Tan sonrientes, tan felices, tan inocentes. Golpeé con el pie la puerta de la entrada para cerrarla, no quería seguir viendo aquella maldita foto. Cogí cinco euros de la mesita de llaves y cerré la puerta como siempre, sin importarme lo que dejaba detrás de ella.
Los encontré sentados en el suelo. Se estaba rozando con uno, nunca le había visto. Aun así seguía sujetando el cigarro con una mano, mientras su cuerpo se adhería con el del otro. Me parecieron dos víboras sedientas, entrelazadas en una danza ondulante de escamas y piel. De veneno y saliva.
Me senté en la otra pared del portal. No tenía ganas de nada. Miré al cristal transparente de la puerta de hierro. No llovía. Solo quería que lloviese. Necesitaba aire fresco. Necesitaba salir. No se si se dieron cuenta de que salí del portal. Ni si quiera se si sabían que estaba ahí. Miré al cielo. Los rayos del sol se colaban por las nubes y hacían daño en los ojos sin ser vistos. El viento seguía golpeándome, pero necesitaba andar y lo que menos importaba era adónde.
Los bloques se iban sucediendo, unos detrás de otros. Los parques se encontraban embarrados y los columpios chirriaban por el viento que los empujaba
maquiavélicamente, quería asustarme solamente.
No podía pensar en nada. Sólo miraba al cielo esperando que lloviera, pero nunca llovía. No encontraba sentido a esta vida, nada tenía sentido, no la consideraba vida. Ya no tenía ilusiones, ni metas. Mi vida era una única rutina guiada por los hilos de una marioneta que tiraba de mí para vivir mi vida. Solo quería que lloviera, esa era mi única meta en mi vida, que lloviera solamente y después, y después de eso no había nada, un vacío tan grande como el cielo, como las nubes grises que lo cubrían todo.
Había llegado a un puente, mis pies me habían traído aquí, la puta marioneta era yo y alguien movía los hilos por mí. A cada peldaño del puente podía sentir el paso de los coches en mis piernas como leves sacudidas seguidas que hacían vibrar la suela de mis playeras. No se que carretera pasaba por debajo de mí, ni quien era la gente que iba montada en los coches. Solo sabía que estaba sola. Me agarré a la verja metálica con las manos. Estaba fría. En la parte de arriba era más gruesa que por abajo. Con cuidado levante una pierna y luego la otra. Estaba de cuclillas en la verja con las manos apoyada en ellas. El aire seguía golpeándome con fuerza y el cielo seguía estando igual de gris.
Sólo escuchaba el murmullo de los coches rozando la carretera debajo de mí. Miré al frente y ahí estaba, Madrid. Grandiosa y solemne como una diosa se extendía ante mí mostrándose. Era gris, de un gris oscuro. Podía ver la noche cernirse sobre ella y las tímidas luces empezaban a despertarse con tintineos de estrellas. Madrid no tiene estrellas en el cielo. Las tiene dentro de ella, guardadas en cajas de cristal. Y se están despertando. Detrás de mí pude ver el sol escondiéndose por donde las nubes no llegaban a tapar. Me pareció rosa, como un globo infantil, y la estela que dejó a su paso era de un único color. Púrpura.
Poco a poco fui despegando las manos. Estiré las rodillas lentamente haciendo equilibrio con las manos. Me erguí lo más que pude y estire los brazos hacia arriba. Simplemente era libre. El viento acarició esta vez suavemente mi cara. Algunos coches pitaban pero apenas le escuchaban, estaban lejos, muy lejos de mí. Me sentía feliz.
Una pequeña gota se estrelló contra mi nariz y resbaló por esta hasta llegar a mi boca. Estaba lloviendo. Por fin llovía en la capital. Me quité el abrigo y lo tiré al puente. Podía sentir la lluvia más que nunca en mi cuerpo. Únicamente podía gritar de felicidad.