Manhattan
ÉLRaquel empezaba el día como otro cualquiera. La misma rutina de siempre. Ir al instituto, fingir que atendía y volver a su casa. Este era su lugar preferido, para ser más exactos, su habitación. Se podía pasar horas sin salir de allí.
Le aburría el instituto y se pasaba las clases dibujando. Más de una vez le habían llamado la atención por hacer esto.
Ese día era como cualquier otro. Por fin última hora. Las clases de matemáticas se le hacían cada vez más largas. Esa tarde sería un poco distinta, no la pasaría en su cuarto pintando, leyendo o simplemente escuchando música como de costumbre. Las amigas de Raquel le habían propuesto ir de compras al centro y ella había aceptado. Tampoco las consideraba sus amigas, para ella más bien eran simples compañeras de clase.
Sonó el timbre. Se fue rápidamente y sin despedirse de nadie, pues tampoco hablaba con mucha gente. Además ya sabía a qué hora habían quedado; por tanto, no perdió más tiempo y se marchó a su casa.
Miró al reloj, ya casi era la hora. Le daba muchísima pereza tener que marcharse justo en ese momento, que estaba a punto de acabar un cuadro que le había llevado meses pintar. Pero aún así, se quitó la camiseta que solía llevar en esos momentos, cogió el abrigo, algo de dinero -aunque nunca gastaba nada- y se fue.
En la puerta del metro ya la estaban esperando. Se oyó:
- Vamos Raquel, que nos van a cerrar las tiendas.
Ella se dio toda la prisa que pudo, pero sin llegar a correr. Cuando se reunió con ellas dijo:
- Lo siento chicas, me he entretenido.
- Pintando, ¿verdad? – Dijo Clara- Llegarás lejos si sigues pintando así.
Raquel se encogió de hombros e hizo una seña para que entrasen en el metro. No le gustaba hablar del futuro, al contrario: le aterraba.
En el trayecto, sus amigas no dejaban de hablar y reírse por cosas a las que ella no les encontraba sentido. Se sentía de algún modo diferente al resto de sus amigas, de la gente de su edad, diferente al resto del mundo.
La voz que sonaba por megafonía anunciaba la próxima parada: “Callao”. Allí se bajarían y comenzaría lo que tenía que ser una tarde divertida para cualquier chica normal. Pero Raquel no se sentía así. Estaba deseando que se pasase rápido y llegase pronto la noche. Al menos eso pensaba antes de salir del metro.
Primero fueron a Gran Vía y por allí estuvieron bastante tiempo. Sus amigas querían entrar en todas las tiendas, les gustasen o no. Cuando ya les pareció suficiente y ya habían visto todas y cada una de las tiendas, una de ellas sugirió ir a merendar a una heladería que había es la Puerta del Sol. A todas les pareció bien, incluso a Raquel.
Iban por la calle Preciados. Había mucha gente, por lo que era un poco agobiante. Se tuvieron que poner en fila de uno para poder caminar y avanzar unos pocos metros. Raquel iba la última. Caminaba pensando en sus cosas con la mirada fija en el suelo para no pisar a nadie.
Empezó a notar una presencia extraña, como si una mirada se le clavase, esa sensación la percibía en un lateral. Levantó la vista y allí estaba.
Le estaba mirando fijamente, y ella ya no pudo apartar la vista de él. Todo se paró – al menos para Raquel - hasta que alguien le dio un empujón. Cuando se recuperó, volvió a mirar en su dirección, pero él ya no estaba.
Siguió su camino y por fin llegaron a la heladería. Una vez dentro consiguieron sentarse en una mesa que estaba en mitad del local. Allí también había mucha gente, por lo que para comunicarse tenían que hablar a voces.
Raquel estaba pensando en el extraño chico que acababa de ver, cuando le vio de nuevo a través del cristal. Estaba en la calle. Seguía observándola con atención. Cualquiera hubiese tenido miedo de su forma de mirar, pero a ella le producía una sensación que nunca antes había experimentado.
Pensando en esta sensación se sintió ridícula, pero empezó a reírse y entonces le vio sonreír a él. Era la sonrisa más bonita que había visto hasta entonces. Se sorprendió de sí misma cuando se vio diciéndoles a sus amigas:
- Me ha parecido ver a un conocido ahí fuera. Ahora vuelvo, voy a saludarle.
Y se fue. Las chicas la vieron salir por la puerta. Esa sería la última vez que la verían.
Al salir, Raquel vio al chico y se dirigió a él. Antes de poder decirle nada, él la cogió y le dio un abrazo. Ella se sorprendió, pero se dejó abrazar por él. Él la fue soltando y el abrazo fue desapareciendo. Cuando Raquel se recuperó de lo que acababa de pasar, miró a su alrededor y se dio cuanta de que ya no se encontraban en la Puerta del Sol, sino que estaba en lo más alto de un rascacielos, desde donde se veía todo Manhattan. Allí era de noche. Allí estaba él.
Tarya


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