30.4.09

La noche oscura manchaba el cementerio.


La noche oscura manchaba el cementerio. El viejo, con su pata de palo y su parche en el ojo, recorría los estrechos caminos entre las tumbas farol en mano. Hundiendo su pata en la arena húmeda, moviéndose a trompicones. La luna era casi llena, y se podía entrever por las ramas caídas de los sauces llorones que se disponían a lo largo de todo el camino. Al final se podía observar una tintineante luz anaranjada, casi rojiza en una de las ventanas de una oscura y ennegrecida casa de piedra que apenas se distinguía su silueta del paisaje.

El viejo, aun su lento ritmo, no tardo en sacar un manojo de llaves de debajo del jersey. Las llaves hicieron crujir la cerradura, y la puerta sonó igual que unas uñas arrastrándose por una pizarra. En la tremenda oscuridad del cuarto, solo se percibía la luz roja de la vela, encima de la mesa. Junto a ella, se intuía un marco de madrea oscura, casi negra. No había foto dentro de él. El viejo, dejó el farol encima de un poyete de piedra al lado de la puerta. La cual cerró a su paso con un portazo que rompió el silenció del lugar. Con un eco que resonó por las lapidas, por los sauces, por la puerta de alforja de la entrada y por el farol, haciendo parpadear la luz de la vela. El silencio volvió a gobernar otra vez.
Ya en la oscuridad de su cuarto, el viejo lo recorrió guiándose por el mapa de su memoria, hasta llegar a una vieja lámpara de mesa al lado de un sillón mohoso y ruin. La luz, iluminó tenuemente el cuarto, dibujándose en él las siluetas del escueto mobiliario. Una cama con patas de metal al fondo, a sus pies un baúl de pino. En la pared de enfrente, un hornillo negro para calentarse en invierno. Al lado una pequeña pila, y una cocina de leña con tronco apilados debajo de ella. En el centro del cuarto la mesa y el sillón donde el viejo estaba sentado, mirando fijamente a la vela desde su ojo. Su cara estaba a medio afeitar, con barba blanca rasposa y cejas oscuras y pobladas. El parche negro de cuero le tapaba el ojo derecho. El ojo izquierdo era pequeño y rasgado, pero de un azul casi transparente como el agua. Sus labios estaban apretados por la tensión de sus mandíbulas en un gesto de desaprobación y malestar permanente. Su pelo era blanco y revuelto hacia la nuca. Sus manos eran ásperas, grandes y llenas de heridas infectadas y negras. Las apoyaba sobre sus rodillas. En la rodilla derecha, comenzaba la prótesis de madera, que quedaba estirada en paralelo con el resto de la pierna. La otra pierna se apoyaba pesadamente en el suelo dentro de una bota de agua manchada en su totalidad de un barro oscuro, casi negro. El viejo no dejaba de mirar la llama de la vela sin pestañear si quiera. Una mosca inquieta y sin preocupaciones por la vida se posaba en el barro de su bota. Subiendo lentamente hasta que alcanzó, en un pequeño trasbordo, la rodilla de viejo. El sonido de sus alas en el silencio del cuarto parecía un pájaro atrapado en una trampa intentando escapar. La mosca comenzó a escalar lentamente la mano del viejo, posándose en una de las heridas negras, relamiéndose por el festín. El viejo apartó la mirada de la vela y miró fulminante a la mosca, que ajena al odio que la estaba traspasando en esos momentos, succionaba feliz la sangre infectada. El viejo alzó la mano, y golpeó fuertemente a su otra mano, quedando la mosca aplastada. De la inercia del golpe hizo que la pata de palo, golpeara la pata de palo de la mesa. Cayéndose al suelo la vela. El viejo miro la vela, ya apagada en el suelo. Apoyándose en su pierna buena, se levantó y recogió la vela del suelo. Su propia cera derretida había sido la causante de que se apagara la llama. Colocó la vela encima de la mesa y saco del bolsillo un mechero para volver a encenderla. La luz de la vela volvió a iluminar de cobrizo el cuarto. El viejo se percató entonces que el marco estaba caído en la mesa, y el cristal se había roto. El viejo lo sostuvo en sus mugrosas manos, viendo reflejado en él, su cara rojiza en dos mitades separadas por el corte. Y vio su ojo tapado tras el parche oscuro, y vio su barba rugosa, y vio sus labios apretados, y vio su mandíbula tensa y vio su pelo blanco. Y vio su ojo azul cansado de mirar el mundo sin ayuda. El viejo tiró con rabia el marco al suelo, rompiendo el cristal en mil pedazos que saltaron al aire y astillando el marco de madera oscura. Un cacho de madera salto hasta su bota, y el viejo lo mando al otro lado del cuarto de un puntapié con fuerza, vacilando sobre su prótesis.

El silenció taladraba el cuarto y el viejo se agachó resignado a recoger los restos del marco, colocándolos cuidadosamente sobre su gran mano. Pero según los iba recogiendo, no pudo evitar recordar sus ojos, en un fogonazo de imágenes a discreción. Sus ojos negros, negros y tan profundos como la noche. Su pequeña nariz respingona, su boca roja y carnosa, su piel suave, morena, tostada al sol, su pelo largo, rizado, azabache, su risa fresca y...Un cristal se hincó en una de alas heridas volviéndole a la realidad. Con cuidado lo retiró y un hilillo de sangre recorrió su palma haciendo un caminito entre los trozos de cristal y madrea. Dibujando y desdibujándose a si mismo. Y mirando esos caminos vio las curvas de su cuerpo. Un cuerpo de naturaleza, un cuerpo de geología pura, con montañas y planos, con vegas y ríos. Con océanos y macizos, con cuevas y refugios donde se despuntaba un paraíso. Tiró las migas de cristal a la pila y dejó que el agua cayera encima de su mano para que se llevara la sangre con ella. El sentir del agua sobre su palma le evocaba sus finos dedos. Aparto con brusquedad la mano, y cerró el grifo. A trompicones volvió a sentarse en el sillón malhumorado, pero al volver a mirar a la vela, la llama le evocaba su cuerpo desnudo bailando solo para él. De un manotazo golpeó la vela, que se estampó contra la pared, quedando la cera ardiendo pegada en ella. Volvió a mirar la mesa, pero el vació en ella le evocó el propio vacío de su propia existencia. Con fuerza se levantó, haciendo volcar la mesa de madera que golpeó el suelo en un golpe seco. El viejo, de pie y jadeando con la respiración entrecortada, parecía tambalearse encima de su pierna de madera, como si la pierna verdadera estuviera ya cansada de aguantar todo el peso ella sola. Se sentó en la cama, con la mirada fija en la mesa que seguía girando en el suelo sobre si misma. Su mano, rozaba los flecos de la manta, y empezó a enredar sus dedos en ellos. jugando con ellos, jugando con su pelo, con su pelo negro. El viejo miró su mano, que se afanaba a aquellos flecos de la roída manta, como si fueran los cabellos de ella. Cerró los ojos y se dio por vencido. No podía seguir echando este pulso fatal al recuerdo, los años le pesaban y el recuerdo le vencía después de treinta y cinco años de guerra contra él.
Despacio se levantó y se dirigió al baúl. Debajo de este busco una llave ya comida por el polvo y la humedad. La introdujo en la cerradura del baúl girándola lentamente, escuchando como el oxidado pestillo se iba desperezando de su sueño con un pequeño bostezo. El olor a su perfume inundó el cuarto, pero no era el olor a violetas frescas, si no un olor manchado de luto y que poco se parecía a las violetas. Debajo de unas cuantas sabanas y toallas, todas con grabados delicados y sencillos de iniciales, se encontraba una pequeña caja de metal. El viejo la cogió con delicadeza, colocando las toallas y las mantas y volviendo a cerrar el baúl con llave. Con la caja en las manos, se sentó en el sillón y tomo aire. Con sus gruesos y machacados dedos negros abrió con delicadeza el pequeño broche que hacía de cierre. Apenas se oyó su chirrió. La tenue luz de la lámpara se multiplicó en las relucientes paredes de espejo dentro la caja.
El viejo miró dentro de ella, sabiendo que lo había dentro de un abismo sin retorno. En el se encontraba una foto. Era de dos jóvenes besándose. El chico, de unos veinte años, tenía el pelo rapado, piel tostada y expresión limpia, sin rastro de barba. Vestía una camiseta blanca de manga corta que mostraba brazos musculosos y atléticos. Con una mano sostenía la cintura a la chica, casi elevándola, y con la otra acariciaba su cabeza. La gran mata de pelo negro de ella envolvía casi por completo su mano. Su piel era bronceada y sus labios, pegados suavemente juntos a los de él, eran rojos y carnosos. Sus dedos rozaban con delicadeza la cara de él. De fondo se veía relucir entre los barrotes de la entrada principal del cementerio, un sol grande y poderoso que iluminaba más su felicidad.
El viejo quedó mirando la foto hasta que su sombra quedó reflejada en la pared de enfrente. La observó por última vez y se la llevó al pecho. Cerró los ojos y dejó que el recuerdo acabara de hacer su trabajo.

Tamara García Ordóñez

2º Bachillerato A