30.4.09

El tiempo cambia a las personas




Me encuentro llorando porque al final mis preguntas han sido resueltas. Para que os enteréis mejor empezare desde el principio. Cuando nací era muy pequeña con poco pelo, los ojos un poco rasgados y no podía casi ni abrirlos. Mi ropa era muy vieja, sucia llena de agujeros y mi cabeza solo pensaba en comer. Ahora tengo once años pero con tan solo seis tenía miedo de volver a casa, ya que sabia que al atravesar esa puerta mi padre me daría una paliza sin motivo alguno. A los diez años me echaron de casa sin nada porque mis padres se quedaron con mi poca ropa para venderla en un rastrillo. Como os he dicho antes tengo once años y aun espero que alguna familia me acoja en su casa. Hoy es el día en que las familias viene a vernos y a llevarse uno de nosotros…espero que me elijan. Pues así fue ese día fui elegida, mis padres adoptivos tenían pintan de no ser muy buenos en las finanzas tenían caras serias y por supuesto de un color muy pálido. Al principio me dio un poco de miedo su expresión pero luego me di cuenta de que eran muy simpáticos. Su casa era muy antigua pequeña pero eso si muy acogedora al lado del salón había una habitación tenía pinta de ser de una niña eso esta como si nunca hubieran limpiado allí desde que la dueña de la habitación se fue, allí nunca me dejaban entrar. Muchas veces pregunté que de quién era pero nadie me respondía. Poco a poco fueron pasando los años y yo fui aprendiendo la profesión de psicóloga ya que yo de pequeña sufrí mucho y nadie me ayudó. Yo quería hacer lo contrario y ayudar a la gente. Cuando terminé mis estudios de bachillerato me fui a Estados Unidos a estudiar en la mejor universidad. Cuando iba en el avión me puse a mirar unas fotos de cuando estaba con mi familia verdadera. De repente, me sorprendí mucho. En una de las fotos aparecía la habitación que yo había visto en la casa de mis padres adoptivos, en otra salía yo de bebé y mi madre. También me sorprendió porque aquella mujer tenía el mismo lunar que mi madre adoptiva. Entonces llamé a mi madre y la pregunté que si la niña que dormía en aquella habitación se llamaba María. En ese mismo momento, mi madre se puso a llorar y me contestó que sí. En ese momento, mi corazón se llenó de felicidad. Cogí el primer avión que había de vuelta, cuando llegué a mi casa le expliqué a mis padres que esa niña era yo y que me había pasado toda mi vida esperando a que algún día vinieran a buscarme al comprobar que ellos también me estuvieron buscando durante años. Mi padre se pasó casi una semana pidiéndome perdón por todo lo que hizo conmigo. Las dudas que durante años había tenido durante toda mi niñez se vieron resueltas en unas horas. En este momento le
estoy contando esta historia a mis hijos para que entiendan que aunque las cosas vayan mal pueden acabar muy bien como a mí, una chica normal que pedía a las estrellas que su padre no llegase borracho a casa para poder dormir por la noche sin dolor. Yo, una niña que sufría en dolor, para que nadie la viese llorar y así parecer más fuerte aunque lo único que quería era un poco de cariño y compresión, por eso hoy doy gracias a todo el mundo que me ayudó en mi niñez y también doy gracias a las estrellas por permitirme volverme a reunir con mi verdadera familia.
Eva Pérez Moreno

4ª A


Lucía

En este gran día,
escribo a Lucía.

La noche no existe,
solo existe la luz del sol
que desprendes con tu amor.

Tus cabellos castaños,
tan suaves y sanos.
tus ojos verdes iluminados,
tan bonitos y claros.

Tus senos de oro
y tu voz aterciopelada
para cantar a coro.

Tu piel es suave,
como las plumas de las aves.

Una semana nos miramos
y a la siguiente nos olvidamos.

Yo te querré siempre,
hasta el día de mi muerte
y mi último suspiro,
penetrará en tu mente.




Daniel Martín Martínez. 2ºA

La noche oscura manchaba el cementerio.


La noche oscura manchaba el cementerio. El viejo, con su pata de palo y su parche en el ojo, recorría los estrechos caminos entre las tumbas farol en mano. Hundiendo su pata en la arena húmeda, moviéndose a trompicones. La luna era casi llena, y se podía entrever por las ramas caídas de los sauces llorones que se disponían a lo largo de todo el camino. Al final se podía observar una tintineante luz anaranjada, casi rojiza en una de las ventanas de una oscura y ennegrecida casa de piedra que apenas se distinguía su silueta del paisaje.

El viejo, aun su lento ritmo, no tardo en sacar un manojo de llaves de debajo del jersey. Las llaves hicieron crujir la cerradura, y la puerta sonó igual que unas uñas arrastrándose por una pizarra. En la tremenda oscuridad del cuarto, solo se percibía la luz roja de la vela, encima de la mesa. Junto a ella, se intuía un marco de madrea oscura, casi negra. No había foto dentro de él. El viejo, dejó el farol encima de un poyete de piedra al lado de la puerta. La cual cerró a su paso con un portazo que rompió el silenció del lugar. Con un eco que resonó por las lapidas, por los sauces, por la puerta de alforja de la entrada y por el farol, haciendo parpadear la luz de la vela. El silencio volvió a gobernar otra vez.
Ya en la oscuridad de su cuarto, el viejo lo recorrió guiándose por el mapa de su memoria, hasta llegar a una vieja lámpara de mesa al lado de un sillón mohoso y ruin. La luz, iluminó tenuemente el cuarto, dibujándose en él las siluetas del escueto mobiliario. Una cama con patas de metal al fondo, a sus pies un baúl de pino. En la pared de enfrente, un hornillo negro para calentarse en invierno. Al lado una pequeña pila, y una cocina de leña con tronco apilados debajo de ella. En el centro del cuarto la mesa y el sillón donde el viejo estaba sentado, mirando fijamente a la vela desde su ojo. Su cara estaba a medio afeitar, con barba blanca rasposa y cejas oscuras y pobladas. El parche negro de cuero le tapaba el ojo derecho. El ojo izquierdo era pequeño y rasgado, pero de un azul casi transparente como el agua. Sus labios estaban apretados por la tensión de sus mandíbulas en un gesto de desaprobación y malestar permanente. Su pelo era blanco y revuelto hacia la nuca. Sus manos eran ásperas, grandes y llenas de heridas infectadas y negras. Las apoyaba sobre sus rodillas. En la rodilla derecha, comenzaba la prótesis de madera, que quedaba estirada en paralelo con el resto de la pierna. La otra pierna se apoyaba pesadamente en el suelo dentro de una bota de agua manchada en su totalidad de un barro oscuro, casi negro. El viejo no dejaba de mirar la llama de la vela sin pestañear si quiera. Una mosca inquieta y sin preocupaciones por la vida se posaba en el barro de su bota. Subiendo lentamente hasta que alcanzó, en un pequeño trasbordo, la rodilla de viejo. El sonido de sus alas en el silencio del cuarto parecía un pájaro atrapado en una trampa intentando escapar. La mosca comenzó a escalar lentamente la mano del viejo, posándose en una de las heridas negras, relamiéndose por el festín. El viejo apartó la mirada de la vela y miró fulminante a la mosca, que ajena al odio que la estaba traspasando en esos momentos, succionaba feliz la sangre infectada. El viejo alzó la mano, y golpeó fuertemente a su otra mano, quedando la mosca aplastada. De la inercia del golpe hizo que la pata de palo, golpeara la pata de palo de la mesa. Cayéndose al suelo la vela. El viejo miro la vela, ya apagada en el suelo. Apoyándose en su pierna buena, se levantó y recogió la vela del suelo. Su propia cera derretida había sido la causante de que se apagara la llama. Colocó la vela encima de la mesa y saco del bolsillo un mechero para volver a encenderla. La luz de la vela volvió a iluminar de cobrizo el cuarto. El viejo se percató entonces que el marco estaba caído en la mesa, y el cristal se había roto. El viejo lo sostuvo en sus mugrosas manos, viendo reflejado en él, su cara rojiza en dos mitades separadas por el corte. Y vio su ojo tapado tras el parche oscuro, y vio su barba rugosa, y vio sus labios apretados, y vio su mandíbula tensa y vio su pelo blanco. Y vio su ojo azul cansado de mirar el mundo sin ayuda. El viejo tiró con rabia el marco al suelo, rompiendo el cristal en mil pedazos que saltaron al aire y astillando el marco de madera oscura. Un cacho de madera salto hasta su bota, y el viejo lo mando al otro lado del cuarto de un puntapié con fuerza, vacilando sobre su prótesis.

El silenció taladraba el cuarto y el viejo se agachó resignado a recoger los restos del marco, colocándolos cuidadosamente sobre su gran mano. Pero según los iba recogiendo, no pudo evitar recordar sus ojos, en un fogonazo de imágenes a discreción. Sus ojos negros, negros y tan profundos como la noche. Su pequeña nariz respingona, su boca roja y carnosa, su piel suave, morena, tostada al sol, su pelo largo, rizado, azabache, su risa fresca y...Un cristal se hincó en una de alas heridas volviéndole a la realidad. Con cuidado lo retiró y un hilillo de sangre recorrió su palma haciendo un caminito entre los trozos de cristal y madrea. Dibujando y desdibujándose a si mismo. Y mirando esos caminos vio las curvas de su cuerpo. Un cuerpo de naturaleza, un cuerpo de geología pura, con montañas y planos, con vegas y ríos. Con océanos y macizos, con cuevas y refugios donde se despuntaba un paraíso. Tiró las migas de cristal a la pila y dejó que el agua cayera encima de su mano para que se llevara la sangre con ella. El sentir del agua sobre su palma le evocaba sus finos dedos. Aparto con brusquedad la mano, y cerró el grifo. A trompicones volvió a sentarse en el sillón malhumorado, pero al volver a mirar a la vela, la llama le evocaba su cuerpo desnudo bailando solo para él. De un manotazo golpeó la vela, que se estampó contra la pared, quedando la cera ardiendo pegada en ella. Volvió a mirar la mesa, pero el vació en ella le evocó el propio vacío de su propia existencia. Con fuerza se levantó, haciendo volcar la mesa de madera que golpeó el suelo en un golpe seco. El viejo, de pie y jadeando con la respiración entrecortada, parecía tambalearse encima de su pierna de madera, como si la pierna verdadera estuviera ya cansada de aguantar todo el peso ella sola. Se sentó en la cama, con la mirada fija en la mesa que seguía girando en el suelo sobre si misma. Su mano, rozaba los flecos de la manta, y empezó a enredar sus dedos en ellos. jugando con ellos, jugando con su pelo, con su pelo negro. El viejo miró su mano, que se afanaba a aquellos flecos de la roída manta, como si fueran los cabellos de ella. Cerró los ojos y se dio por vencido. No podía seguir echando este pulso fatal al recuerdo, los años le pesaban y el recuerdo le vencía después de treinta y cinco años de guerra contra él.
Despacio se levantó y se dirigió al baúl. Debajo de este busco una llave ya comida por el polvo y la humedad. La introdujo en la cerradura del baúl girándola lentamente, escuchando como el oxidado pestillo se iba desperezando de su sueño con un pequeño bostezo. El olor a su perfume inundó el cuarto, pero no era el olor a violetas frescas, si no un olor manchado de luto y que poco se parecía a las violetas. Debajo de unas cuantas sabanas y toallas, todas con grabados delicados y sencillos de iniciales, se encontraba una pequeña caja de metal. El viejo la cogió con delicadeza, colocando las toallas y las mantas y volviendo a cerrar el baúl con llave. Con la caja en las manos, se sentó en el sillón y tomo aire. Con sus gruesos y machacados dedos negros abrió con delicadeza el pequeño broche que hacía de cierre. Apenas se oyó su chirrió. La tenue luz de la lámpara se multiplicó en las relucientes paredes de espejo dentro la caja.
El viejo miró dentro de ella, sabiendo que lo había dentro de un abismo sin retorno. En el se encontraba una foto. Era de dos jóvenes besándose. El chico, de unos veinte años, tenía el pelo rapado, piel tostada y expresión limpia, sin rastro de barba. Vestía una camiseta blanca de manga corta que mostraba brazos musculosos y atléticos. Con una mano sostenía la cintura a la chica, casi elevándola, y con la otra acariciaba su cabeza. La gran mata de pelo negro de ella envolvía casi por completo su mano. Su piel era bronceada y sus labios, pegados suavemente juntos a los de él, eran rojos y carnosos. Sus dedos rozaban con delicadeza la cara de él. De fondo se veía relucir entre los barrotes de la entrada principal del cementerio, un sol grande y poderoso que iluminaba más su felicidad.
El viejo quedó mirando la foto hasta que su sombra quedó reflejada en la pared de enfrente. La observó por última vez y se la llevó al pecho. Cerró los ojos y dejó que el recuerdo acabara de hacer su trabajo.

Tamara García Ordóñez

2º Bachillerato A

AUTORRETRATO

Mi vida es normal, una vida rutinaria como la de cualquier estudiante de secundaria. Mi día a día se centra en el instituto, los examanes y todas esas preocupaciones que tienen los adolescentes de 13 o 14 años.
Se podría decir que soy una chica bastante bajita de embergadura fina. Mis rasgos son muy marcados:nariz chata, ojos expresivos y labios gruesos y prominentes. En cuanto al pelo , tengo algo que destacar, que es muy rizado y no muy largo.
Mis aficiones preferidas o hobbies son muy variados: escuchar música, salir con mis amigos y amigas, leer libros que me llaman la atención o libros de miedo e intriga. También hay muchas que podría atreverme a decir que odio o detesto. Por ejemplo la televisión y las modas. No comprendo a la gente que, en vez de seguir su propio instinto y tener una propia personalidad, prefiere seguir a la sociedad y ser una oveja más del rebaño.
Creo que soy una chica normal con sus propias ideas. Vivo con mi familia en un entorno muy agradable, en la ciudad de Madrid. Si pudiese describir esta ciudad, lo haría en dos palabras: atractiva y maravillosa. Sin duda, mi lugar preferido es Parque Aluche y Ópera. En ellos me siento realmente bien y muy a gusto.
Para cerrar este breve autorretrato, debería de hacerlo con una frase con intencion de despedida, pero prefiero hacerlo originalmente con una cita que no tiene autor:-En el mundo yo era sólo una persona más, pero anhelaba ser el mundo para una persona.


Nuria Sánchez Rodrigo

2ºA