1.5.09

Entrega de Premios del Concurso Literario del I.E.S. María de Molina.


Miércoles 23 de abril de 2009


TRES O CUATRO CENAS




“Tiene la asombrosa capacidad de sonreír a cada momento. A pesar de todo.
Unos ojos almendrados esconden cantidad de paisajes, de noches, de largos caminos, de amores y de sonrisas que un día se anclaron en su mirada y nunca más volvieron a salir.
A ojos ajenos pudiera parecer emocionalmente inestable pero sólo es la esencia mal captada de una mujer a la que le costó entender el sentido de la vida.”
Esta era la parte que más gustaba a Daniela del retrato literario que Teo hacía de ella. No llegó a entender cómo, en tan poco tiempo, había conseguido llegar hasta donde nadie antes lo había hecho. Tres o cuatro cenas, y unas cuantas confesiones más, habían sido suficientes para entender que quería formar parte de su vida, de su música.
Iba al parque de los árboles más altos de Madrid a leer libros de filosofía con el único propósito de pensar y disfrutar de una agradable lectura; sola, acompañada de los mejores pensamientos de la Historia. Si por ella fuera pasaría así, al menos, un rato cada día.
Compartía con Teo esta afición, aunque él prefería la novela policíaca de escaso valor literario. Le hacía reír cuando comentaba algo sobre Platón que acababa rimando con alguna tontería suya, sólo por decirle que, si esperaba encontrar alguna idea profunda o una lírica sublime, debía cambiar de sección en la librería.
La suya era una historia curiosa. Tanto como sus respectivas formas de ver el mundo. Mientras ella no alcanzaba a comprender por qué tanto interés por intentar hacer posible la vida en otros planetas cuando se estaba imposibilitando en el propio, Teo reflexionaba sobre el poder que tenía la sociedad en el comportamiento de los individuos. Ambas formas de pensar confluían en algo: ninguno iba a dejarse guiar por nadie.
Y quizá fue esto lo que hizo que surgiera algo especial.
En la primera cena Teo habló de su infancia en un pequeño pueblo, Tauba, y de cómo, por golpes de azar, había acabado estudiando fotografía en Madrid. Le contó lo que le había costado dejar allí a sus padres. Sabía que le necesitaban pero a la vez entendían que debía forjarse un futuro en un mundo que no da segundas oportunidades. Un dolor inmenso al unísono de una gran sensación de culpa palpitaba en el cuerpo de la chica, de repente. En un momento, pensó: “No dejes nunca de hablar”.
Ella le contó una extravagante teoría suya acerca de lo que es el mundo y la naturaleza de sus gentes: “el mundo está formado por millones y millones de burbujas”-dijo-. “Queremos pensar que éstas tienen vida propia pero las manejamos nosotros, con nuestros actos y nuestros pensamientos. Sería muy cómodo que se movieran solas y nos condujeran, sin hacer el mínimo esfuerzo, hacia lugares bonitos y misteriosos. Pero lo cierto es que nos esforzamos por romper las burbujas de los demás sin caer en la cuenta de que al mismo tiempo se está rompiendo la nuestra.” Teo escuchaba maravillado la teoría de su nueva amiga, aunque no pudo evitar que su mente fuera al lugar en el que un día haría la mejor foto de su vida.
Gracias por la cena.

Ella acostumbraba a guardar los malos pensamientos bajo la cama pensando que, de esta forma, se fusionarían con el polvo y desaparecerían. Lo mejor de todo: le funcionaba.
Desde que conoció a Teo, Daniela pudo decir que, al fin, se había librado de ese dolor existencial que le acompañaba desde hacía algún tiempo. Aún no había encontrado el sentido que quería darle a la vida pero notaba que se acercaba.

Otro día, Teo preparó una buena cena y descubrió la pasión de Daniela por la música; tocaba la viola desde que tenía uso de razón. Prometió que un día daría un concierto para él.
Comentó también algo sobre un viaje a Nepal. En principio parecía un particular viaje con lo anecdótico del lugar. Pero, según la iba escuchando, Teo notó que quizá para ella tuviera más significado del aparente. Y así era.
Daniela contó cómo, a partir de entonces, tras ver sinceramente cómo era la vida allí y darse cuenta de las ínfimas posibilidades que aquellas personas tenían, un dolor existencial se apoderó de ella de tal forma que incluso le parecía que formaba parte de sus huesos.
Hizo que se tambalearan sus principios y valores, su forma de vivir y de plantarle cara a la vida. Recapacitó y llegó a la certera conclusión de que sólo encontraría (de nuevo) el sentido de la vida viajando allí de forma definitiva, viviendo con las personas que habían hecho de ella lo que en ese momento era.
Teo sintió una profunda empatía con Daniela e impulsivamente dijo: “Si quieres, te hago un hueco en mi burbuja” Ella se quedó perpleja pues se acordaba de lo que le contó en la primera cena.
Sin embargo sabía que eso no sería posible. Las burbujas eran tan personales que no podían compartirse. Debía conformarse con el roce más cercano. Con una condición: no podía romperla.
De pronto volvió a acordarse de aquella foto de su vida.
En otra ocasión, después de una magnífica noche cantando y saltando en un concierto de heavy, ella le dijo: “Te acompaño a casa”.
Y le acompañó hasta la cama.
Por la mañana él no estaba pero encontró un papel con varias notas en sucio. Sonrió. Era parte de su retrato.
“En su personalidad comparten espacio una sensibilidad extrema y una iniciativa tal, que coarta a quien se cruce con ella. Sin embargo nadie pasará por su vida quedando indiferente; es capaz de mover en las personas la fibra precisa en el momento idóneo. No puede evitar enfadarse con el mundo, aunque no pierde la esperanza de reconciliarse algún día con él.
Se llama Daniela”.

Allí estaban los dos, bajo los árboles más altos de Madrid, planeando un cercano y definitivo viaje a Nepal. Se miraron e hizo la foto.

Ángela Musat de León

2º Bachillerato B


Tizona

-Vaya semanita que llevo, de un lado para otro empaquetada es ese horrible poliespan que ponen ahora. Menos mal que por fin se han decidido a exponerme es esta sala porque ya me estaba cansando. Que una ya no tiene veinte años…
-¿Quién habla por ahí?
-Soy yo chico, detrás de ti, mira bajo el retrato.
-¡Ah! ¡Qué susto!
-Tranquilo, no es para tanto.
-Ya…es que no se ve todos los días una espada hablando.
-Tienes razón, pero es que a mí me gusta mucho hablar. Por cierto, ¿no sabes quién soy?
-No, lo siento.
-¿Tan rápido olvida la gente? Soy Tizona, la espada del Cid. Gracias a mí ganó numerosas batallas y se convirtió en un héroe.
-¿Quién era el Cid?
-El valeroso hombre que ves aquí fielmente retratado. Fue un caballero de la Edad Media que viajó desde Burgos hasta Valencia para recuperar su honor.
Fue un gran hombre, y yo su fiel compañera que nunca lo abandonó. Me contaba sus preocupaciones y secretos y yo le aconsejaba.
-¿Luchasteis en muchas batallas?
- Ya lo creo, en cientos. Era maravilloso sentir cómo me cogía con esa seguridad y a la vez con tanta delicadeza; y cómo me ceñía a su cintura después. Me cuidaba mucho, le echo de menos…
Oye chico, tu grupo se va.
-¡Es verdad! Me había olvidado de ellos. Tizona, me ha encantado conocerte, pensé que la visita al museo iba a ser un rollo pero gracias a ti ha sido… mágica.
-Me alegro, hasta la próxima.

Maya García Pérez. 1º Bachillerato A